domingo, 3 de junio de 2012

Al-Rummaniyya, el regalo para el Califa


El Califa salió, con el sol ya bien alto, por la puerta occidental de Madinat Al-Zahra, acompañado de su séquito, vistiendo su túnica blanca omeya y turbante verde sunní, recorriendo los campos sembrados de trigo, cebada y algodón, que enraizaban en las arcillosas y tremendamente ricas tierras del Valle del Wad al-Quebir. A su derecha la verdosa Sierra Mariana, plagada de alcornoques, aligustres y encinas, parecían hacerle competencia en altivez y prepotencia. A su izquierda, la campiña se le mostraba sencilla, dominada, ausente, bajo el intenso azul del cielo qurtubano, siempre abierto, siempre claro.

Al paso por los asentamientos que rodeaban la ciudad palatina, los súbditos rendíanle homenaje agradeciendo el pan y la sal, y suplicando a Dios una larga vida a su director espiritual y absoluto gobernante, quien le permitía la vida, que no es poco, y un plato de comida al día. Leche y habas, y pan para la perra. Y los viernes, un berenjenal. Dios es grande.

El séquito se cruzó con algunos esclavos que transportaban piedras hacia la Madinat, procedentes de las canteras de la falda de la sierra. Sus torsos desnudos, sudorosos y quemados por el sol impresionaron al Califa, que preguntó si habían comido hoy.

"Por supuesto, mi Señor, como todos los días antes de empezar a trabajar"

El Califa sonrió. "¿Eso es todo?" dijo. "¿Acaso el ser humano se alimenta solo de pan?"

"Y hemos rezado por Dios y por Nuestro Señor Su Representante en la Tierra, por nuestro Califa, a quien Dios muchos años Guarde de la inevitable cita con el Paraíso".

"Dad descanso a mis súbditos a las puertas de Al-Zahra, proveedlos de frutas y agua fresca, y llevadlos a la mezquita al sur de la muralla de la Madinat donde, después del hamman, recen y den gracias a Dios por ser parte de este mundo. Así sea y así se haga".

Aquel grupo de esclavos no podía creer lo que había oído: ¡el mismísimo Califa les había dado la posibilidad de refrescarse y rezar a Dios! Hoy era su día de suerte.

El Califa no podía creer que tan cerca de su ciudad palatina existiera aquella construcción que estaba a punto de visitar. Una cosa era una almunya, que se suponía era un lugar productivo, para crear riqueza para el Estado y proveer de alimentos a la comunidad, y otra era aquel palacete que Durri al-Saghir, su tesorero, se había construído allí.

Aquella construcción casi copiaba irreverentemente la disposición de la ciudad palatina de Madinat al-Zahra, componiéndose en cuatro terrazas al borde de la sierra. Lo primero que el Califa vio al cruzar la puerta oriental, a su izquierda, fueron las dos terrazas inferiores, llenas de caballos y bueyes.


Parando su caballo, el Califa observó cómo los muros que arriostraban los diferentes espacios de aquel lugar entremezclaban la soga y tizón con originales combinaciones de aquellas con hormigón de influencia romana.


Pero lo mejor estaba por llegar. Esas dos terrazas que el Califa vio nada más llegar eran la parte más productiva pero menos atractiva; arriba le esperaban las dos terrazas más suntuosas, rodeadas de jardines, albercas, pabellones y acequias.



Fue recibido en palacio como se le supone que se merecía. El palacio, situado en la parte más alta de la almunya, fue decorado con tapices persas, plantas traídas desde Afriquiya, verlorros francos y fuentes de colores tintadas con plomo y arsénico.

El ministro Durri, después de una suculenta cena, repleta de manjares y licores dignos de no ser revelados a los intransigentes ulemas, cogió del brazo al Califa, como si fuera de este mundo, y arrastrándole del brazo lo puso en el centro de un lugar donde la oscuridad era la dueña de la situación. El pabellón entre la alberca y el mirador a la terraza del jardín. Entre la penumbra, el más humano de los califas creyó oír:

"Me he lucrado de las miserias de vuestro pueblo. He sido cruel y avaro. He sucumbido a la humana debilidad de ser más de lo que merezco. Esto que hoy veis, oleis y tocáis, no es si no parte del sacrificio de vuestros súbditos y no mía. Me siento ruín, y por eso hoy, ¡Dios Todopoderoso me acoja!, es vuestro, os lo cedo, os lo regalo esperando vuestra misericordia y comprensión, alabando vuestra magnánima decisión, sea cual sea, pues no soy digno de recibir ni siquiera vuestro perdón."

El Califa, oyendo las disculpas de su ministro, sintió asco de sí mismo. La humedad que flotaba en el ambiente acompañaba. Se dio media vuelta y volvió a su alcoba sin decir palabra.

Al día siguiente, con el alba recién nacida, volvió al pabellón que daba a la alberca, y la observó...


El agua era transparente. La sierra la traía clara desde el aljibe nororiental, y el Califa observaba cómo entraba el agua, con tanta fuerza.



Pensó: "Esta almunya será para el Estado"

EXPLICACIÓN:

El tesorero de al-Ándalus, Durri el Chico, funcionario del Estado andalusí, se aprovechó de su situación política para enriquecerse, y se construyó esta almunya para invertir sus "ahorros". Cuando el Califa supo de sus irregularidades, a Durri solo se le ocurrió ceder sus terrenos y palacio al propio Califa, agasajándolo con una gran cena, a cambio de que no le llevaran a la cárcel. Luego no sabemos qué fue de aquello. Probablemente Durri no iría a la cárcel, pero tampoco seguiría con su nivel de vida.

Actualmente, la almunya de al-Rummaniyya, se encuentra dentro de un cortijo (o quizás este dentro de aquella) y sus muros, a soga y tizón, nos recuerdan lo que un día fue. Es parte de la influencia de Madinat al-Zahra, protegido por las leyes, y tiene la suerte de ser la almunya mejor conservada de al-Ándalus, o lo que es lo mismo, del mundo entero, pues ni siquiera los países árabes mantienen intactos los restos de una construcción del siglo X, como sí se puede ver en esta construcción,

Hoy, gracias a los recorridos temáticos que organiza el yacimiento de Madinat al-Zahra, lo hemos podido disfrutar. A saber cuándo podremos volver a hacerlo.

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