sábado, 9 de junio de 2012

Canteras de la Albayda, más de mil años después...


Una qurtubana mañana inusualmente fresca y primaveral para el mes que vivimos; en estas latitudes habitualmente más veraniego que no, nos ha recibido a la falda de esta hermosa sierra cordobesa que la naturaleza nos ha donado para nuestro solaz y disfrute... y respeto.

El frescor tempranero y un intenso azul en el cielo estratosférico, que no divinizado, nos ha cubierto con su sureña intensidad, dando color y claridad a campos y lomas, a faldas serranas y cauces de arroyos que roturan la tierra marcando una arruga esperanzadora de recibir las lágrimas de la montaña, marcándole el camino y rasgando lindes independientes de las decisiones de los humanos.

En esa frontera entre la fértil vega del Guadalquivir y la negruzca y yerma tierra serrana de la Morena sierra norte andaluza, el contraste se acentúa, marcando colores y aromas distintos unos de otros. Este borde, de distancias cercanas, se fusiona con la propia naturaleza y con la relación de esta con el ser humano, quien a veces se aprovecha y otras se ofrece.

A la izquierda la Hacienda de la Albayda; a la derecha el Castillo medieval de la Albayda, y en el centro el sembrado que separa la Sierra del Valle.

Este lugar, conocido como la Albayda (castillo blanco), y que ocupa múuuuuuuchas hectáreas, mantiene a la falda de la sierra un lugar tan recóndito como inaudito, tan espectacular como discreto, tan auténtico como sencillo. Hace más de mil años fue usado como cantera para la construcción de los más grandes y mejores edificios de una ciudad que fue capital de uno de los estados más importantes e influyentes en la historia universal, y especialmente en esta Europa que hoy nos han vendido, más preocupada de sus banqueros y políticos que de sus ciudadanos.

Madinat al-Zahra se construyó, junto con otras canteras cercanas, con las de la Albayda. Allí los mineros (no eran esclavos, sino asalariados) trabajaron la piedra para extraerla, sudando y quemando sus pieles, para ofrecerla a los artesanos que la desbastaban, pulían y colocaban. Las acémilas transportaban miles de kilos cada día recorriendo este borde natural mientras el sol de junio y julio quebraba los labios de sus transportadores. Después de más de mil años el lugar se puede ver como lo dejaron aquellos sudorosos mineros, rodeado de la vegetación que afortunadamente todo lo ocupa, como protegiéndolo, y con una discreción tal que parece más bien hecha para esconderse de las agresiones que sufre nuestra naturaleza por parte del ser humano.



Acompañado de amigos siempre es más ameno afrontar una "aventura", especialmente cuando se aprende de ellos. Hoy ha sido así, y mis amigos Paco_MuñozPaco_Madrigal han estado conmigo (o más bien yo con ellos) en esta visita a las Canteras de Santa Ana de la Albayda, lugar que conjuga lo histórico con lo natural. Hacia ellos vaya mi agradecimiento por compartir conmigo su tiempo, así como sus conocimientos y vivencias que la vida y su trabajo les ha dado. Hoy disfrutan de una merecidísima jubilación, después de decenas de años dando el callo por los demás. Gracias.

Hemos visitado tres canteras (quizás habrá más, ya que la zona está muy colmatada y aún así se ven restos de piedra por toda la zona) seguidos del siempre bien informado amigo Paco Muñoz, quien se quedó con las ganas de hacer una visita_técnica con los recorridos temáticos que organiza el yacimiento de Madinat al-Zahra, por culpa de la lluvia. Yo también me quedé entonces con las ganas porque el cupo de asistentes estaba cubierto.

Parece inaudito que tan cerca de la ciudad exista un paraje tan espectacular y al mismo tiempo tan desconocido por la mayoría de los ciudadanos a quienes pertenece.



Habría, en principio, que explicar el por qué de esta cantera, que nos lleva a millones de años en el pasado, y que nos empequeñece tanto que es imposible dejar de sentirse como una mota de polvo en el desierto saharaui.

Hace esos millones de años de los que hablo, la Sierra Morena andaluza eran unos acantilados donde rompían las olas del conocido como Mar de Tetis. Ciudades actuales como Huelva, Cádiz, Sevilla o Málaga se encontraban a decenas de metros bajo el mar, y la playa se encontraba en este lugar. Eso sí, no tenían chiringuitos, así que ni choco onubense, ni langostinos de Sanlúcar, ni espetos de sardinas malagueñas. A ver, todo no iba a ser perfecto.

Los sedimentos de la erosión del mar sobre estos acantilados acumularon restos de seres vivos, marinos y terrestres, formando distintas capas que dieron forma a la piedra calcarenita que hoy en día podemos ver. Observando detenidamente el paramento vertical de las paredes de esta cantera podemos ver los restos fósiles pertenecientes a esta época tan lejana en el tiempo, con conchas de distintos tamaños y formas.





También se observan con claridad los diferentes estratos.



Esta piedra arenosa resultó ser muy fácilmente maleable para los artistas altomedievales, así que no se hable más: ¡a por ella!. Palacios, murallas, ciudades enteras, fueron construídas con esta piedra maravillosamente moldeable a la imaginación de arquitectos y artistas andalusíes. A principios del siglo X, la actividad en esta cantera debió ser impresionante, repleta de trabajadores, transportadores, encargados, arquitectos, artistas,... y personal de intendencia para todos ellos.

Hoy en día llama la atención la discreción del lugar donde se encuentra y la protección y convivencia que la naturaleza ha hecho de aquel. La mayor de ellas la protege y toma un ejército de almezos (descubrimiento observador del Muñoz de los Pacos), dando sombra y frescor al entorno.



La cantera mediana se muestra hacia el sur descaradamente, con su terraza artificial...



La pequeña se esconde detrás de las ramas de una aprovechona higuera que hace de puerta de entrada.



Con el permiso de la higuera, bajando una pequeña pendiente, una garganta de paredes de piedra tallada por el hombre da paso a un habitáculo húmedo y artificial.



Donde la vegetación se hace dueña del espacio.



Mientras tanto, en el exterior, la relación entre el valle y la montaña produce sus frutos, y nos regala embriones inolvidables.



Embriones de los que la propia naturaleza se aprovechará y con los que compartirá sabiamente sus necesidades. Porque no somos nadie sin nuestro entorno.





¿Están ricos, verdad? Estos bichitos saben lo que se hacen. En mi pubertad comí alguno como estos para la merienda, y ¡sigo vivo!. Buen provecho, que pronto se secarán.

No quiero dejar pasar este momento para que todo aquel que ha tenido la paciencia de llegar hasta el final de estas líneas, en las que describo mis vivencias en una mañana de sábado cualquiera en relación con la Naturaleza y la Historia, para que sepa que tiene un DERECHO que nadie le puede quitar. Sí, usted que está leyendo ahora, sí... usted tiene derecho a sentir la satisfacción de haber dejado el lugar incluso más limpio que como se lo encontró: no haber dejado botellas, latas, colillas de cigarrillos, bolsas de plástico, vídrios,... No lo olvide, tiene derecho a sentir que ha dejado el campo y la montaña mejor que como la encontró, porque esa satisfacción es tan grande que le hará pensar que este mundo está hecho para usted, para disfrutarlo, para observarlo, olerlo y tocarlo. ¡Sentirá que es suyo! Enhorabuena por disfrutar de esta sensación; que no le quite nadie ese derecho, porque el campo es SUYO.

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